lunes, 16 de noviembre de 2009

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viernes, 6 de noviembre de 2009

CLASES DE PALABRAS
El sustantivo. Es la palabra que sirve para designar seres animados o inanimados, ideas, etc. Tiene dos morfemas gramaticales: género y número.
El femenino se forma añadiendo el morfema -a, aunque hay otros (-esa, -ina, -triz). Otros se forman partiendo de otros lexemas (yegua, nuera). También hay género común (no presentan marcas formales; el/la futbolista, testigo, mártir), epiceno (son sustantivos animados invariables; araña, perdiz, mártir), ambiguo (uso indistinto; el/la calor, mar).
Hay dos tipos de número, singular y plural. Éste se forma añadiendo los morfemas -s, -es. Se utiliza -s para la palabras terminadas en vocal átona y -é, -ó (cafés, dominós). La terminación -es se utiliza cuando el sustantivo acaba en consonante. Los terminados en -á, -í, -ú, utilizan ambos morfemas (sofás, bajáes, rubíes, pirulís, menús, tabúes. No hay regla fija en los barbarismos terminados en consonante (chóferes, coñacs, déficit y club/clubes).
El adjetivo calificativo. Es la palabra que expresa una cualidad del sustantivo y concuerda con él en género y número. Los adjetivos terminados en -o, -án, -ín, -ón, -or, -ete, -ote y los gentilicios terminados en consonante forman el femenino con el morfema -a. Con otras terminaciones son invariables.
El adjetivo tiene tres grados con los que se matiza la intensidad de la cualidad expresada. Grado positivo, comparativo (de superioridad, igualdad e inferioridad) y superlativo (absoluto - con el sufijo -ísimo, con los prefijos extra-, super-, ultra-, y con el adverbio muy- o relativo -con el menos+adj.+de, el más+adj.+de).
Los determinantes. Son palabras que preceden al sustantivo, limitando y concretando su significado. Hay dos categorías: artículos y adjetivos determinativos.
Los artículos pueden ser determinados (el, la los, las, lo) e indeterminados (un, una, unos, unas). Los adjetivos determinativos pueden ser demostrativos (este, ese, aquel), posesivos (mi, mío, tu, tuyo, su, suyo, nuestro, vuestro), numerales (cardinales -uno, dos-, ordinales -primer, segundo-, múltiplos -doble, triple-, partitivos -medio, cuarto), indefinidos (varios, muchos, algunos, cualquier), relativos (que, cuyo), interrogativos y exclamativos (qué, cuál, cuánto).
Los pronombres Son palabras que sustituyen a un sustantivo y desempeñan sus mismas funciones. Se clasifican en personales (yo, mí, me, conmigo), relativos (que cual, cuyo), demostrativos (éste, ése, aquél, esto, eso aquello), posesivos (mío, tuyo, suyo), numerales (uno, segundo, triple, mitad), indefinidos (alguien, nadie, quienquiera, alguno), interrogativos y exclamativos (quién, qué, cuánto, cuál).
El verbo. Es la palabra que expresa acción, estado o proceso. Consta de lexema y morfemas desinenciales que indican persona (1ª,2ª,3ª), número (singular y plura), tiempo presente, pasado y futuro), modo (indicativo, subjuntivo, imperativo), aspecto (perfecto -formas compuestas y el pret. perf. simple- e imperfecto) y voz (activa y pasiva).
El modo y el aspecto verbales también pueden expresarse mediante perífrasis, formadas por un verbo auxiliar seguido de un infinitivo, un participio y un gerundio. Indican obligación (deber + inf., haber de + inf., haber que + inf., tener que + inf.), duda (debe de + inf., venir a + inf.), acción inmediata (ir a + inf., pasar a + inf., estar a punto de + inf.), acción reciente (echarse a + inf., ponerse a + inf.), acción en curso (andar + ger., estar + ger., seguir + ger.) y terminada (dejar + part., estar + part., llevar + part., tener + part.)
Existen tres conjugaciones: 1º (acabados en -ar, como cantar), 2ª (en -er, como correr) y 3ª (en -ir, como vivir). Son irregulares los que modifican su lexema o se apartan de los modelos.
Los verbos defectivos son los que carecen de algunas personas o tiempos: llover, nevar, atardecer, anochecer, amanecer, despavorir, aterir, desvaír, descolorir -sólo inf. y part.-, atañer, concernir, acontecer, acaecer -sólo 3ª pers.-, soler -sólo pres., pret. imp. y pret. perf. comp.-, abolir, agredir y compungir -sólo formas con -i-.
El adverbio. Es una palabra invariable que completa o modifica el significado de un verbo (escribe bien), de un adjetivo (fuertemente defendido) o de otro adverbio (demasiado lejos). Hay adverbios de lugar (aquí, allí, cerca, lejos), de tiempo (pronto, tarde, ayer, hoy, anoche, en seguida), de modo (bien, mal, así, deprisa), de cantidad (poco, bastante, demasiado, tanto), de afirmación (sí, clar, también), de negación (no, tampoco, jamás) y de duda (quizá, tal vez, posiblemente).
La preposición Es una palabra invariable que une una palabra con su complemento. Hay preposiciones simples (a, ante, bajo, cabe, con, etc.) y locuciones prepositivas (a fuerza de, en medio de, con destino a, por debajo de, a través de, junto a, etc.)
La conjunción Es una palabra invariable que relaciona entre sí palabras o proposiciones.
Conjunciones coordinantes: Copulativas (y, e, ni), Disyuntivas (o, u, o bien), Distributivas (uno...otro, tan pronto...como, ya...ya,bien...bien), Adversativas (pero, no obstante, sin embargo, mas, con todo, aunque, etc) y Explicativas (es decir, o sea).
Conjunciones subordinantes: Condicionales (si, como, cuando, a menos que, etc.), Concesivas ( aunque, a pesar de, aun cuando, si bien, por más que, etc.), Causales (porque, puesto que, ya que, a fuerza de, a causa de, etc.), Consecutivas, (luego, por lo tanto, por consiguiente, de tal modo que, de tal manera que, etc.): Hay de superioridad (más...que, más...de), de igualdad (tal...como, tanto...como, tanto...cuanto), de inferioridad (menos...que) y Finales ( para que, a que, a fin de que, con el objeto de).

jueves, 5 de noviembre de 2009

EL MORO TARFE Y EL NOVELISTA JUAN VALERA

EL MORO TARFE Y EL NOVELISTA JUAN VALERA

En estas mismas páginas nos hemos referido en años anteriores al tratamiento recibido por la figura del moro Tarfe en la historia de la literatura española. Como Reduán, el Abencerraje o Zaide, la sonoridad del nombre de Atarfe o Tarfe resalta la grandeza que inspira entre los castellanos la nobleza nazarí. Suponemos que cuando Lope de Vega escribe “no bien saliste apenas/ de los jardines de Atarfe” no recurre a nuestro pueblo por la frondosidad o fama de su clima o vegetación, sino por las resonancias exóticas y arabizantes del topónimo, uno de los preferidos en la literatura clásica.
Los héroes granadinos, y el caballero Tarfe entre ellos de forma privilegiada, sabemos que protagonizan fascinantesn gestas caballerescas en las que exhiben valor, lealtad y gentileza. Así encontramos al moro Tarfe como uno de los más atractivos y nobles personajes del Quijote y como protagonista de numerosos romances fronterizos, novelas moriscas y comedias de Lope de Vega (Los hechos de Garcilaso de la Vega y MoroTarfe, La envidia de la nobleza y El cerco de Santa Fe).
Por alguna razón, a la vez que se recrudecía la persecución de moriscos a principios del siglo XVII, se admiraba e idealizaba en los corrales de comedias de toda Castilla la figura del noble granadino como arquetipo de gallardía y caballerosidad.
El atractivo del caballero se extiende también a la dama nazarí. Las Jarifa, Aixa y Zoraida seducen de forma irresistible a los galanes castellanos.
En el siglo XIX, el realismo positivista mantiene la mirada de fascinación por lo granadino tal como reflejan en sus obras dos autores tan ideológicamente dispares como Pedro Antonio de Alarcón y Benito Pérez Galdós.
Juan Valera en Granada
Ahora vamos a revisar el tratamiento que da a este tema otro escitor realista, el novelista Juan Valera.
Como es sabido, Juan Valera, natural de Cabra (1824), pasó su juventud en Granada. Estudió bachillerato en el colego del Sacromonte y se licenció en la Facultad de Derecho. En esta ciudad publicó en 1844 su primera obra, un libro de poemas románticos, que pasó con más pena que gloria. Se titulaba sencillamente Ensayos Poéticos y la edición la costeó su padre como regalo por haber finalizado sus estudios de Derecho. Antes había publicado algunas poesías sueltas en la revista La Alhambra.
Esta vocación precoz fue olvidada por el novelista, que se volcó en su profesión como diplomático y político. Después de jubilarse volvió a escribir y en su obra de madurez reaparece a menudo el tema granadino. Dentro de éste, ocupa un modesto lugar la figura del moro Tarfe protagonista de Estragos de amor y celos (1898).
Estragos de amor y celos
Es una obra corta que Valera realizó para satisfacer el capricho de la joven María de Valenzuela, cordobesa como el autor, e hija de unos aristócratas amigos suyos, que quiso representar una obra junto a su amiga Rosario Conde Luque de Rascón y con el que luego seria historiador Alfonso Danvila.. También sabemos que la pieza se estrenó en el salón convertido en teatro del palacio del financiero delegado de la banca Rothschild en España, don Fernando Bauer. Por supuesto, no se nos pasa por alto detrás de estos flirteos juveniles las alianzas familiares y económicas que se establecen entre la aristocracia andaluza (los Conde Luque descienden directamente de los reyes nazaríes), la burguesía madrileña y el capitalismo judío (los Bauer y los Rothschild utilizaban en su correspondencia el judendeutsh, es decir, alemán con caracteres hebreos, para las anotaciones confidenciales referidas a sobornos, comisiones ilegales, etc.).
A lo que íbamos. Don Juan Valera decide recurrir para el tema de la obra solicitada por la joven a una leyenda granadina, la del moro Tarfe. Cuenta humorísticamente los amores trágicos de doña Urraca y el moro Tarfe.
Doña Urraca es una noble que vive a media legua del reino de Granada (probablemente pensaría en un pueblo como Cabra o Doña Mencía, donde también tenía el autor casa solariega) y ha seducido al moro Tarfe, “buen mozo… tierno y arrogante”, con quien se ha fugado, decidida a irse a Granada, pero se han perdido (“con él huyendo voy a morería/ pero la tempestad nos extravía”), y ha encontrado el castillo de doña Brianda, una amiga suya, a quien pide que le dé refugio esa noche y los oculte de la ira de su enfurecido padre, que rechaza el enlace. Simultáneamente el hermano de doña Urraca, Tristán, hace el mismo recorrido en direción contraria; ha raptado a Zulema de “la imperial Granada” y casualmente busca refugio en el mismo castillo. Zulema es “hija mayor del rey Muley Hacén” y el galán la describe como “mi dicha suprema”, “un sol en el zenit”. Pero Tristán está prometido con doña Brianda y tiene que evitar que su anfitriona descubra a su nuevo amor. Los destinos de los dos hermanos se cruzan y da lugar a situaciones estrambóticas. Toda la noche, en medio de la espantosa tormenta Tristán persigue a su hermana para matarla, Brianda a su novio para vengarse, etc.
Es una caricatura de los dramas románticos, una farsa de enredo con situaciones muy divertidas, y un lenguaje que parodia las comedias de honor e intriga del Siglo de Oro, sin que en ningún caso se ridiculice la figura del moro. Aumenta la hilaridad de la obra el lenguaje chabacano y vulgar empleado, con chistes unas veces infantiles y otras más procaces (“y con furor tan bárbaro graniza,/que el cabello en la frente se me eriza”, “daré a la mora un brebaje/ que le destroce la panza/ y la vida le arrebate”, “cumpliendo mis anhelos/ de hacer a Tristán tristón”, “Tristán no envaina la espada/ sin mojar, cuando la saca”, etc.).
El lector habrá encontrado resonancias de otra obra más popular, La venganza de don Mendo, de Pedro Muñoz Seca. Evidentemente las astracanadas de este comediógrafo están inspiradas en parodias como las de Valera. De su popularidad tenemos otro ejemplo anónimo en la sátira de también paródico título: El desafío de Tarfe, o El combatiente más fiero, o El triunfo de la belleza, o Malegro verte güeno obra de la que son frecuentemente recordados los versos “Si respondes en presencia/ Como en ausencia te alabas,/ Sal a ver si te defiendes/ Como en la Alhambra agravias”.
Otras obras granadinas
El recuerdo de Granada aparece a menudo en Valera. Recordemos sus poemas de tema oriental Aventuras de Cide-Yahye, A Lelia, Elegía de Abul-Beka y A mis amigos (“¿Cuándo será que pueda, amigos míos,/ me preguntáis, volver a mi Granada;/ y ver sus frescos ríos,/ y su Alhambra dorada/ por quien mi pecho sin cesar suspira?”).
Algunos relatos también transcurren en Granada. En ellos evoca sus andanzas juveniles, su residencia en la calle Gracia, las horas pasadas en el Café de Pedro Hurtado. En la novela de intriga titulada Mariquita y Antonio, una obra autobiográfica e inacabada, encontramos la siguiente descripción de la feraz vega de Atarfe:
“Había en dicha quinta una casa grande, limpia y bien amueblada, muchas flores, abundancia de árboles frutales y una sombría y espesa alameda, que se extendía sobre las dos orillas de una acequia de agua cristalina... Sólo Antonio y Mariquita, sin que nadie los siguiese ni persiguiese, acabaron por internarse en la espesura. Allí cantaban los pajarillos y arrullaba la tórtola, el sol velaba sus rayos con el ramaje, el agita murmuraba dulcemente y el viento hacía un ruido apacible y melancólico en las hojas amarillas y secas de los árboles.” Por cierto, que en este delicioso relato también tiene un recuerdo para el referido moro Tarfe: “Temblando me puse, pues, a escribirte la carta de despedida; pero con tanta cólera, que rasgaba el papel, como el moro Tarfe, y la carta no salía nunca a mi gusto.”
Antonio Rodríguez Gómez