lunes, 18 de marzo de 2013

¡Viva el Papa!

El nombramiento del nuevo Papa, Francisco, me ha traído a colación (como le gusta decir a mi amigo Juan Luis) el entretenido cuento ¡Viva el Papa! de Pedro Antonio de Alarcón. El tierno episodio, como él lo llama, está escrito en Guadix, y fue publicado el 15 de diciembre de 1857 en El Museo Universal. En 1859 fue recogido en la serie Historietas Nacionales, prácticamente sin modificaciones, y así permaneció en las Obras Completas de 1943.
Llama la atención la fidelidad de la reconstrucción de los hechos y de los ambientes, y el error de uso del pronombre enclítico "me parece estarla viendo", por infrecuente en el siempre pulcro castellano de Alarcón, incluso en sus escritos más juveniles o los redactados de forma precipitada. Es igualmente destacable la impostación de la voz del viejo capitán cascarrabias, antecedente del "Capitán Veneno". Se observa la inclinación hacia la figura del Papa y el distanciamiento del republicanismo juvenil del autor, que en 1855 había publicado que el enemigo del pueblo eran las tres T: Teología, Trono y Tropa. El joven gibelino se nos está volviendo güelfo.

¡Viva el  Papa!

domingo, 17 de marzo de 2013

19 de marzo de 1872. Alarcón en Lanjarón


PAA empezó su famoso viaje a la Alpujarra el día 19 de marzo de 1872. En su obra Viajes por España, confiesa que este viaje supuso el "Triste fin y remate de la poesía electoral".

El escritor confiesa en la “Historia de mis libros” que le movió a emprender  este viaje el deseo de buscar consuelo por la muerte de  su hija Petra, fallecida con solo 14 meses (tuvo otras tres hijas y dos hijos, de los que no ha quedado actualmente descendencia directa).

Eligió  viajar a la Alpujarra  porque era un lugar soñado desde los días de su infancia. En los Prolegómenos de su relato nos cuenta que la primera noticia que tuvo de la Alpujarra fue cuando tenía nueve años y supo que esta región ”indómita y trágica” había sido el reino de su admirado Aben Humeya, el caudillo morisco que estaba enterrado en la alcazaba de Guadix; el mismo que tuvo en jaque al ejército imperial del poderoso Felipe II. Aumentó su curiosidad cuando tuvo ocasión, durante la guerra de África, de escuchar los testimonios de los descendientes de aquellos moriscos expulsados de su tierra y  exiliados en Tetuán. Añoraban la tierra de sus antepasados que podían describir detalladamente por la transmisión oral mantenida a lo largo de trescientos años.

Cuando hizo el viaje, el  escritor se encontraba en un momento crucial de su vida.  Tiene 39 años y lleva doce años de diputado por el distrito de Guadix, su ciudad natal; y estaba a punto de abandonar la lucha política para dedicarse a la literatura. Todavía no había escrito ninguna de sus grandes obras, por las que hoy es conocido: El sombrero de tres picos, El escándalo, El niño de la bola, etc.

Es sintomático que en plena campaña electoral abandonara su ciudad durante tres semanas para realizar un viaje por motivos estrictamente personales. Incluso dice que fue directamente de Madrid a Granada, sin pasar por Guadix. Muestra la total seguridad que en el resultado de las elecciones, a pesar de haberse escindido del partido gobernante de Sagasta. En los mismos días del viaje, se puede leer en el diario La Esperanza, (Madrid,  31 de marzo de 1872):  En Guadix combate el gobierno al Sr. Alarcón, pero cada día tiene que cambiarse el nombre del candidato oficial, pues ninguno acepta una empresa tan difícil. En realidad, se siente desencantado de toda la realidad que le rodea, y busca evadirse, disolverse en el mundo que  hubo soñado en su infancia y  el que adivina en el fondo de sus lecturas preferidas. Que el viaje se realice coincidiendo con las fechas de la Semana Santa le da un valor religioso, de peregrinación en busca de la salvación, de viaje interior. El viajero hará continuas referencias expresas al valor purificador de su esfuerzo y de la búsqueda de las huellas de Aben Humeya. Es paradójico que un libro tan personal siga siendo, siglo y medio después, la guía más divulgada de la Alpujarra.

domingo, 3 de marzo de 2013

Juan J. León, poeta de Benalúa de Guadix



El poeta Juan Jesús León García vino al mundo el día 18 de mayo de 1946. Su familia vivía en Benalúa, y, aunque su madre fue a dar a luz a la Clínica de La Purísima, en Granada, a los pocos días el rollizo neonato (nació diezmesino) estaba en la casa familiar de Benalúa.

Los primeros recuerdos de Juan se mezclan con el trabajo que durante toda la infancia veía hacer a su padre y a los campesinos en el cortijo que la familia –una familia de agricultores ricos– tenía en Benalúa de Guadix: recuerda vivamente el marcado de las ovejas de su propiedad con un hierro candente.
Es una familia extensa; su abuelo paterno tenía diez hermanos, afincados en los pueblos de la comarca, Bejarín, Belerda, Huélago. Juan León apartó la poesía y quiso dejar plasmados sus recuerdos infantiles en su libro Memorial de Artimañas. Su madre y su hermana Carmen ocupan un lugar preferente, pero también sus primos, su ama de cría, sus primeros amigos, el cura, su maestra (doña Virginia), etc. También se hace eco de personajes de Benalúa que protagonizan historias estremecedoras (como el criminal del Bejarín) contadas con la viveza y sarcasmo típicos de Juan León.

Auto de fe contra Bernardino de Benavides Mencafí


1578, mayo, 25, Granada.
Auto de Fe celebrado en la dicha ciudad en la fecha mencionada.
 AHN, Inquisición, leg. 1953.

Memoria de las personas que salieron al aucto de la fe que se celebró por este Santo Oficio de la Ynquisición desta ciudad y reyno de Granada en la Yglesia de Santiago domingo 25 de mayo, día de la Santísima Trinidad, de 1578 años.
Reconciliados (hay reconciliados y penitenciados)
Bernardino de Benavides Mencafi, morisco, vezino de Guadix; fue testificado por tres testigos contestes, que estando en el campo fuera de Guadix, donde estava un monton de piedras y dizen que se aparecen allí unas lunbres que dizen de Sant Torcuato, dixo el dicho Bernardino Mencafi, “aqui donde estar estas piedras murió un moro sancto y las lunbres que dizen que se aparecen que son de Sant Torcato no son de Sant Torcato sino deste moro sancto que aqui murió”; fue presso y a las moniciones no dixo nada, y a la acussacion dixo que estando en el lugar ya dicho, estava alli un mo­risco que guardava vacas y que el le havia preguntado si aquel majano de piedras que alli estava, si era el sepulchro de Sant Torcato y que el morisco le havia respondido que no era, sino que alli estava enterrado un moro que era un honbre bienaventurado y que con esto se fue a su