domingo, 25 de octubre de 2015

Perícopas de Ángel Ganivet

 Al terminar la paramera de los Llanos del Marquesado, el autor contempla a Guadix; y la visión de la Sierra coronada de nieves, de los torreones moriscos teñidos de oro, de las torres cristianas batidas de azul y de las huertas y caserios que pueblan el valle en que se asienta le hacen decir: Guadix es una Granada chica. Si algún día se hundiera la Alhambra y se acabara el Albayzín, tendriamos que emigrar a Guadix...
(Viajes románticos de Antón del Sauce, del cofrade  Nicolás María López)


Así, en el hombre lo de menos es seguir estos o aquellos estudios, dedicarse a esta o aquella profesión; lo de más es ser hombre, y para serlo hay que tener encendida la fragua. ¿Cómo se consigue esto? Muy fácil: dándole al fuelle. La fragua del hombre está en el cerebro, y el fuelle es la palabra.

Ya sabéis que amo el aire sano y la luz natural, el agua cristalina y el arte puro. Para mí, la verdadera civilización es la que florece en medio de la Naturaleza.


Si voy a decir la verdad no he comido más que aceitunas, que me gustan al perder desde pequeño; y aun os he de declarar que este plato, andaluz por esencia, por ser nuestro suelo el más olivífero del mundo, es mi plato favorito, y os lo recomiendo porque desarrolla la energía cerebral con caracteres originales. Los grandes filósofos griegos fueron devotos de la aceituna.

Juntos nos encaminamos, dando un paseo, a la fuente del Avellano, donde aquella tarde había asamblea literaria. No era una reunión casual, puesto que los poyos de la famosa fuente Agrilla estaban ya en aquella sazón lustrosos y un tanto desgastados de prestar servicio a los literatos y artistas granadinos, que habían convenido en reunirse allí todas las tardes para beber agua pura y fortaleciente y hablar de todo lo divino y lo humano con la apacible serenidad que infunde aquel apartado y silencioso paraje.

volví a reunirme con mis amigos en la Puerta Real cuando ya iba a salir la diligencia.


La fachada de la Capilla Real, cuyo estilo es más delicado y de remates más finos, está favorecida por lo estrecho y umbroso del paraje

Nuestra catedral, mirada de frente, exige que nos pongamos a distancia, y pierde gran parte de su majestad porque su ángulo más macizo está enclavado en la parte más estrecha: el Pie de la Torre

Su estructura antigua, que es la lógica, obedece a la necesidad de quebrar la fuerza excesiva del sol y de la luz, de detener las corrientes de viento cálido: por eso sus calles son estrechas e irregulares, no anchas ni rectas

Uno de los parajes más pintorescos de Granada es la parte descubierta del Darro

No he visto ríos cubiertos como nuestro aurífero Darro, y afirmo que el que concibió la idea de embovedarlo la concibió de noche: en una noche funesta para nuestra ciudad

Lo místico es lo español, y los granadinos somos los más místicos de todos los españoles, por nuestro abolengo cristiano y más aún por nuestro abolengo arábigo

Lo costoso es enemigo de lo bello, porque lo costoso es lo artificial de la vida: en un país donde abundan los naranjos, una casita blanca en medio de un naranjal, sirviendo de contraste, es una obra artística

La naturaleza dotó nuestro suelo con espléndida vegetación, y nuestro primer movimiento fue aprovecharla, y nació lo que es típico en nuestra arquitectura: el enlace de las construcciones con las flores y las plantas

Nuestra huerta es la huerta humilde; nuestra casería es tan sobria y adusta como los cigarrales de Toledo; nuestro carmen es una paloma escondida en un bosque

Esa mujer que riega sus macetas a la ventana, ese hombre que arroja brochazos de cal a las paredes de su casuca, hacen más por nuestro arte que el señorón adinerado que manda construir un palacio en que se combinan estilos estudiados en los libros y que nada nos dicen, porque hablan una lengua extraña que nosotros no comprendemos

El embellecimiento de Granada no exige muchos monumentos, porque tenemos ya un gran renombre adquirido en todo el mundo con nuestra Alhambra

La idea universal es que la Alhambra es un edén, un Alcázar vaporoso, donde se vive en fiesta perpetua

Existe un hecho evidente para todo el que tenga ojos en la cara: que la vida de las ciudades es más bella cuando la mujer acompaña al hombre en todos sus quehaceres, que cuando las mujeres están encerradas en casa y los hombres solos en las oficinas o comercios o industrias o en la calle

Prosaico nos parecerá que las jóvenes hagan su aprendizaje en un oficio o en una profesión, y se preparen a vivir por cuenta propia, sin esperarlo todo del hombre; pero hay en ese movimiento una promesa de poesía futura: la de la mujer con voluntad, con experiencia, con iniciativa, con espíritu personal, suyo, formado por su legítimo esfuerzo.

Demos un largo paseo desde el de la Bomba hasta el de los Tristes. Los Salones nos producen una sensación apacible

En el barrio de San Cecilio hay una plaza con carácter, el Campo del Príncipe y la unidad la dan el Cristo de los Favores y principalmente la iglesia parroquial que se entrevé en el arranque de la cuesta

La Plaza de la Mariana, sitio al que yo le tengo voluntad por haber vivido allí cuando muchacho. Aún recuerdo con gusto los tragos de leche con que me obsequiaban las cabreras que allí van por las mañanas

Empezamos a disparar nuestros proyectiles en la esquina del Callejón del Pretorio, lugar estratégico hábilmente elegido por los jefes, pues desde él se podía realizar a la perfección aquello de tirar la piedra y esconder el brazo; los de nuestra bandería se asomaban a la explanada de los Escolapios y después de disparar volvían a esconderse en el Callejón y a prepararse de nuevo; mientras que los contrarios no tenían más parapeto que la baranda del puente o los árboles del Violón
yo iba a mi congregación y en lugar de meterme en la Iglesia de San Cecilio me quedaba en el Campo del Príncipe, jugando con los muchachos y aprendiendo sus picardía


« -Iré a parar -me dijo- adonde fui la última vez que vine a Granada cuando mi hermana murió. La casa no es de muchas campanillas, pero la conozco, y sé que doña Pilar me admitiría, aunque no tuviera sitio y se viera obligada a echar a la calle a su yerno.
-¿Está esa casa en la calle de Párraga? -le pregunté-. Pues entonces la conozco de sobra. Como que iba a estudiar con unos compañeros que vivían allí; hace de esto la friolera de quince años. » Probablemente se refiera a la fonda  donde se hospedaran Piot y Teophile Gautier (1840), que quizás sea la llamada La Corona



Pío Cid, aunque eran más de las diez de la noche, pues el tren había llegado con retraso, no quiso acostarse sin estirar las piernas, y como era gran andador, dio un largo paseo de dos horas. Echó por los Salones, subió por la Cuesta de Molinos, Vistillas, Caidero, a la Alhambra; bajó por la Cuesta de los Muertos, y entró en la ciudad por la Carrera de Darro, tan campante como si nunca se hubiera movido de la población.


Yo había invitado también a algunos amigos míos, con los que nos reunimos en el Centro Artístico, y les presenté a Pío Cid, a quien ninguno conocía. Sólo Feliciano Miranda, que era de la misma edad, le recordaba como antiguo condiscípulo, y aunque no le había tratado, porque Pío Cid no tuvo nunca estrechez con nadie, nos habló muy bien de él y nos aseguró que había sido un estudiante aventajado. Además de Miranda, vinieron con nosotros Paco Castejón, Perico Moro, los dos Monteros y el viejo Gaudente, con lo que nada faltó para que pasáramos la tarde divertidísima. Casi todos mis amigos eran literatos y artistas de fama, de suerte que la comida se pasó discutiendo sobre literatura, y en particular sobre la magna cuestión del colorismo en el arte. Para los postres estaba anunciada la lectura de artículos y poesías de casi todos los comensales.


la mayor parte de los allí reunidos tenían que ir al carmen de los Monteros, donde había organizado para aquella noche un baile popular. Pío Cid, Raudo y yo nos separamos de la reunión y nos fuimos un rato al café.


Cerca de las diez de la noche serían cuando llegaron a las faldas del Veleta, a un sitio donde el tío Rentero sabía que había unos corrales cercados, hechos de pizarras, donde se podía pasar la noche al abrigo del viento, bien que aquella noche, por fortuna, sólo soplaba una ligera brisa.

 

Descansaron, por fin, de la larga jornada; y aunque los famosos corrales, que sin duda debían servir de guarida a los pastores que vienen en verano, estaban arruinados y no eran más que montones de piedras, el tío Rentero arregló un poco uno de los rincones, y con algunas lajas grandes formó una especie de techado, bajo el que extendió las enjalmas de las bestias y su desmedrado capote, que en aquellas circunstancias valía tanto como un colchón de plumas.


Luego se apartó unos cuantos pasos en busca de unas neveras que estaban algo más arriba, y siguiendo el curso de un arroyo llegó al sitio donde el arroyo nacía, de un quieto remanso acariciado por el continuo gotear de la nieve. Entonces sintió el deseo de bañarse en aquella pila, cuyo fondo de granos de arena, al través del agua pura y tranquila, y a la luz clara de la luna, parecía una labor de primoroso mosaico. El tío Rentero, que vino a ver en qué se entretenía su amo, comenzó a hacer grandes aspavientos cuando le vio desnudarse y meterse en aquel agua friísima


Vino a buscarme y juntos nos encaminamos, dando un paseo, a la fuente del Avellano, donde aquella tarde había asamblea literaria. No era una reunión casual, puesto que los poyos de la famosa fuente Agrilla estaban ya en aquella sazón lustrosos y un tanto desgastados de prestar servicio a los literatos y artistas granadinos, que habían convenido en reunirse allí todas las tardes para beber agua pura y fortaleciente y hablar de todo lo divino y lo humano con la apacible serenidad que infunde aquel apartado y silencioso paraje.

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