viernes, 6 de noviembre de 2015

Don Francisco Márquez Torres, primer lector del Quijote



                                                                                              Publicado en IDEAL 04/11/2015
El día cinco de noviembre de 1615 quedaba impresa, aprobada y lista para su distribución y venta la segunda parte del Quijote, en un tomo compuesto por setenta y tres pliegos de papel, tasado  en 292 maravedís. Como era obligatorio en la época, antes de pasar a la imprenta, Cervantes tuvo que entregar el manuscrito de su novela al Vicario del Consejo Real para que le concediera la autorización de ser publicada. El Consejo encargó la concesión de dicha licencia al licenciado don Francisco Márquez Torres, que firmó la aprobación el 26 de febrero de 1615.  Más de ocho meses tardaron en la imprenta en componer el libro (mucho tiempo, si consideramos que  en la composición de la Primera Parte, que tiene ochenta y tres pliegos, tardaron solo tres meses).
Así pues, hemos de considerar al licenciado don Francisco Márquez Torres el privilegiado primer lector del Quijote definitivo. Tuvo suerte Cervantes, pues encontró  en el censor a un lector sensible que se convirtió en un entusiasta admirador del escritor, que no escatimó elogios a la obra y eleva al anciano novelista al  panteón reverencial de los dioses de la literatura, sin temor a desbordar los límites de su función meramente burocrática.  La Autorización desprende admiración, sinceridad y un gran ojo clínico, al destacar  Márquez Torres, entre otros méritos que responden a fórmulas más o menos rutinarias (como su erudición, su aprovechamiento, su celo cristiano), “la lisura del lenguaje castellano, no afectado con enfadosa y estudiada afectación, vicio con razón aborrecido de hombres cuerdos”. Es difícil encontrar mejor  y más escueta definición del estilo inimitable de Cervantes:” la lisura”. Entre la inabarcable cascada de críticas posteriores, no hallaremos más atinada descripción de su estilo.
En el argumentario de esta misma Aprobación, se atreve a denunciar la injusticia que se comete con el anciano novelista y  narra cómo dos días antes ha tenido ocasión de platicar con los cortesanos que acompañan al embajador de Francia, el piadoso  Noel Brûlart de Sillery, y  todos se interesaron por la suerte de Cervantes, de quien sobre todo elogian "La Galatea” y las “Novelas Ejemplares”, extrañados de que no recibiera un trato privilegiado en la corte y viviera sumido en el anonimato, “viejo, soldado, hidalgo y pobre”.  Él mismo se suma a esa reclamación de mecenazgo necesario para que el autor pueda desplegar su obra, lo que ahora se llama crowfunding, excediendo los estrechos límites del formulario de la licencia administrativa e interviniendo para que Cervantes recibiera en los dos últimos años de vida exiguas limosnas del cardenal de Toledo, entregadas diariamente (ordena el cardenal que se le dé un tanto cada día”), que  el escritor agradeció apelando con magnanimidad, pocos días antes de morir, a la “suma caridad” del prelado.
Márquez Torres, el patrocinador de Cervantes,  había nacido en Baza en 1574 en la actual calle de San Lázaro y estuvo en su ciudad natal al frente de un Estudio de Gramática hasta 1610, cuando se marcha a Madrid. Su prestigio como maestro le lleva a ocupar el cargo de preceptor de pajes del poderoso cardenal don Bernardo Sandoval y Rojas, arzobispo de Toledo e Inquisidor General. En Madrid vivió el bastetano, asistiendo a las tertulias y academias literarias, hasta que en 1629, muerto su mecenas y ya viejo, fue destinado a la catedral de Guadix, con la dignidad de maestrescuela. En Guadix  transcurre monótonamente su vida de preceptor, humildemente, pero presumiendo de los años pasados en los aledaños de la corte. Sin embargo, su plácida existencia se vio inesperadamente alterada con la llegada a Guadix de otro excortesano y vieja gloria del teatro nacional, don Antonio Mira de Amescua, nombrado arcediano de la catedral. Ambos sexagenarios chocaron frontalmente.
Don Antonio Mira vive  bajo el peso del mito que es del teatro nacional.  Se refugió en su ciudad natal esperando disfrutar del reconocimiento de los accitanos, como gloria local, y vivir sus últimos años “retirado en la paz de estos desiertos,  con pocos, pero doctos libros”. Pero no encontró en Guadix más que la indiferencia de sus paisanos; y por su parte, Márquez Torres estaba muy lejos de hacer el papel de prosélito del incómodo y orgulloso compañero de coro. El choque de los dos jubilados, que ya habían polemizado en Madrid, dio lugar a momentos desopilantes.
El profesor don Roberto Castilla, en su erudita y amena biografía del arcediano de la catedral de Guadix nos relata pormenorizadamente un incidente ocurrido el 7 de junio de 1633.
Mira de Amescua había propuesto como Colector de Alcudia a un protegido suyo, pero el obispo eligió a un sastre propuesto por Márquez, ante lo que el arcediano reaccionó violentamente, dando  “voces descompuestas” y despidiéndose con un portazo del cabildo, por lo que fue inmediatamente castigado con una multa y la suspensión de su derecho de asistencia y de voto en el Cabildo por un año. No contento con eso, al día siguiente, en la puerta de la catedral ambos ancianos se cruzaron insultos y golpes, por lo que fueron encarcelados, pena que se les levantó por su público arrepentimiento después de diez días de prisión.  Dos años después, el 14 de agosto de 1635, provocó otro incidente el colérico arcediano, como nos documenta el doctor Castilla en su citada biografía.
Don Francisco Márquez Torres vivió estrechamente, pero satisfecho con su oficio, hasta su fallecimiento, en Guadix, el veinte de junio de 1656, a los 82 años de edad. No lo sabe, pero la generosidad mostrada cuarenta años antes hará que accidentalmente su nombre vaya eternamente unido a una obra inmortal, como el primer cervantista de la historia.

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