miércoles, 5 de octubre de 2016

¿DEBE SER ALFONSISTA LA UNIÓN LIBERAL?


MISIVA-PRÓLOGO.
Señor director de LA POLÍTICA.

Mi querido amigo y antiguo compañero: Lo ofrecido es deuda, y no ha sido culpa de mi voluntad no haber podido coger hasta hoy la pluma para pagarle al público lo que le debo.
Gobierno del general Serrano.
Adjunta es mi anunciada contestación a EL IMPARCIAL y demás periódicos que amistosamente me han interpelado sobre el verdadero sentido de ciertos párrafos de la última carta que dirigí a LA POLÍTICA, o sea sobre mi manera de pensar acerca del alfonsismo.

Bien se me alcanza que ni aquellas interpelaciones ni esta mi contestación significarían gran cosa si se las redujese a la esfera de mi humilde personalidad. Por eso verá V. que, en el artículo que le remito, amplío osadamente la cuestión, exponiendo, no ya solo mi particular actitud, sino cuál debe ser a mi juicio la actitud de todo el antiguo partido unionista respecto a la causa de D. Alfonso de Borbón, y alegando los fundamentos políticos de mi dictamen.
Pero séame lícito, sin embargo, siquiera en esta misiva-prólogo, referirme un momento a mi propia persona, para rechazar la especie, consignada en dos o tres diarios, de que mis exclamaciones del otro día contra los resultados de la revolución de setiembre pudieran ser un arranque de despecho, hijo de contrariedades electorales.

Muchachos deben, de ser todavía (¡quién lo fuera también!) los que me han creído tan sensible a una dificultad electoral, que por cierto no dice nada contra mí, y sí mucho contra el partido dominante. Yo he sido ya cinco veces diputado a Cortes, y tan estérilmente para la patria y para mi provecho, que no tengo por qué despecharme de no serlo la sexta. Si esas exclamaciones han salido de mis labios por vez primera cuando los radicales me contrariaban inicuamente en Guadix, consiste en que estaba ya tan lleno el vaso de mi desesperanza en los hombres de setiembre, que la transgresión de las leyes tolerada por el puritano Ruiz Zorrilla ha sido la gota que le ha hecho desbordarse.
Y que yo tenía ya hartos motivos para desesperar de la obra de 1868, y que los tiene igualmente todo el partido unionista en sus diversos matices actuales, creo demostrarlo en el adjunto artículo, ajeno completamente a las cuestiones de Guadix.

Ruego a V., señor director, lo inserte todo en su apreciable periódico, y me repito de V. agradecido amigo S.S.Q.B.S.M PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN

¿DEBE SER ALFONSISTA LA UNIÓN LIBERAL?

La idea de gobierno de la Unión Liberal fue siempre apreciar sin pasión ni preocupación alguna la diversidad de tendencias y de intereses, de sentimientos y de aspiraciones del pueblo español en cada tiempo y cada circunstancia, y combinar, armonizar y satisfacer con prudentes y oportunas transacciones prácticas los más encontrados deseos; las más opuestas necesidades, en cuanto unos y otras fueran conducentes a la prosperidad de la nación.

De aquí el que se haya acusada tanto a la Unión Liberal de eclecticismo y de escepticismo. ¡Como si la esencia del sistema representativo no consistiera precisamente en la duda, en la vacilación, ese equilibrio de equilibrio de negociaciones! Pues  ¿qué es un partidario de la monarquía constitucional sino un hombre que niega al propio tiempo el derecho divino de los reyes y el derecho absoluto de los pueblos; que interviene la autoridad real por medio de las Cortes, e interviene la autoridad de las Cortes por medio del veto real; que concede a la herencia, esto es, a lo providencial, a lo fatal, a lo divino, el poder moderador de los demás, la primera magistratura de la nación, y luego concede al pueblo los medios de hacer ineficaz ese poder y ociosa esa magistratura? ¿Puede darse mayor escepticismo?

Pero no: no es escepticismo; es sentido práctico; es realidad y vida; es eficacia inmediata lo que encierra es sistema político, en quien están concordados y satisfechos los varios sentimientos de estos pueblos de Europa, y muy particularmente de España, donde se dividen todavía el imperio de las conciencias, antiguos ideales, viejos prestigios, autoridades consuetudinarias, tradicionales símbolos, y las modernas ideas, la crítica racional, el libre examen, la independencia de los espíritus verdaderamente civilizados. Que, así como no es justo que los adoradores de lo pasado impongan su fe intolerante a los que no la abrigan en el alma (pretensión de carlistas y neo-católicos), así tampoco es justo que los hombres libres tiranicen (como lo pretenden radicales y republicanos) a los que respetan las antiguas formas, obligándoles a perder de vista sus ídolos y a renunciar a sus costumbres.

Inspirada en estas ideas, la Unión Liberal, que desde su origen había tratado de ser, más que una escuela política en el sentido filosófico, un mecanismo político adaptado a la efecticidad de los datos nacionales; más que una ciencia, un continuo experimento... un empirismo, si queréis (no le temo a la palabra); más que una secta, una milicia; más que una ciega voluntad, un discernimiento desapasionado; más que el árbitro supremo de los destinos de la nación (que es lo que quieren ser en puridad los radicales blancos y rojos), un fiel intérprete de la opinión pública en sus varias manifestaciones; la Unión Liberal, digo, declarose desde luego ardiente partidaria de la monarquía constitucional, o sea del sistema representativo en toda su pureza, comprendiendo que esta era la fórmula sintética de las diversas aspiraciones del país, o sea la transacción que mejor podía armonizarlas.

Mas, para que fuese fecunda en España la monarquía constitucional; para que satisficiese igualmente a monárquicos y a liberales, a los hombres antiguos y a los hombres modernos, era necesario hacer compatible con la libertad la dinastía de Borbón, empresa que ya en 1832, época de la iniciación de la Unión Liberal, empezaba a parecer muy difícil, como había sido imposible bajo el reinado de Fernando VIl.

Pensar en un cambio dinástico considerábase entonces, y los sucesos han venido a confirmarlo, el más peligroso de los errores. Si la transacción constitucional había de aunar voluntades, era menester que el elemento monárquico fuese el tradicional, el que infundía respeto por su carácter histórico, el que estaba identificado con las glorias y las desventuras de la patria. Una dinastía de otro origen, de otra naturaleza, llamada a alternar y compartir el poder con las instituciones liberales, sería completamente nula, pues dejaría desamparadas y sin representación las clases similares o afectas a la monarquía secular, y que solo por ella querrían ser presididas.

Encargose, pues, la Unión Liberal de la ardua tarea de hacer compatible a doña Isabel II con las conquistas de la revolución, mientras que otros partidos habían decidido ya que esta compatibilidad era irrealizable.

No voy a referir la historia de ayer, de todos sabida,  contaré únicamente las sangrientas fechas de 1854, 1856 y 1866 para que se recuerde cuánto hizo la Unión Liberal a fin de conciliar la libertad con el trono de doña Isabel II. En 1854 da una batalla en defensa de las instituciones liberales, y en seguida que vence, cubre con su pecho a la reina contra los que gritaban, cuando menos, cúmplase la voluntad nacional. En I856 y 1866 defiende el poder real contra los embates revolucionarios. Pero todo esto, y cinco años de paz y prosperidad dados a la nación, y la guerra de África, y otros relevantes servicios, no impiden que la Unión Liberal, en la ilustre persona del general O’Donnell, sea una vez y otra arrojada del poder, y que se llame en su reemplazo a los que hablan de reacción, a los que  reniegan del sistema representativo, a los que abominan de la palabra libertad.

Así llega 1868. Frases de absolutismo resuenan en palacio. Todas las leyes y todos los respetos constitucionales han sido infringidos. O'Donnell ha muerto expatriado. Ríos Rosas y Serrano, presidentes de las Cámaras, se han visto presos y desterrados, en unión de otros muchos diputados y senadores, desterrados están también la infanta doña María Luisa Fernanda y su augusto esposo el duque de Montpensier, por el delito de ser fieles a la bandera de libertad que cobijó la cuna de las hijas de Cristina. Ya no hay esperanza de conciliar a la España Liberal con doña Isabel II. Los unionistas decretan entonces su caída.

¿Pero cómo? ¿para qué?

¿Para entregarse a lo desconocido? ¿Para echarse a buscar un rey extranjero? ¿Para fundar una filosofía política que trajese por la mano la república?

No. La Unión Liberal insistía en su constante idea de armonizar la libertad constitucional con la dinastía de Borbón, con la monarquía histórica, con el icono secular. Únicamente eliminaba la persona de la reina, que se había hecho incompatible con el sistema representativo. Pusieron, pues los ojos los unionistas en la infanta doña María Luisa Fernanda, en la otra hija de doña María Cristina, en la otra huérfana de la guerra civil, en la desterrada por liberal, en la que había permanecido fiel a la bandera de Luchana, Lucena y Mendigorría,

Esta princesa era una excepción en su raza, propensa siempre al absolutismo; y todo el mundo atribuía tan venturosa singularidad, a la circunstancia da haber vivido, desde que  todavía era niña, al lado de uno de los príncipes más liberales e ilustrados de Europa, de su esposo el duque de Montpensier. El duque de Montpensier, por su parte, llevaba 23 años de vivir en España; sus hijos eran españoles; el pueblo y la ley lo consideraban como príncipe español. No faltó, por tanto, la Unión Liberal a su constante teoría, cuando en Cádiz y en Alcolea, notoria, si no oficialmente, proclamaba como reyes de España a  los duques de Montpensier; pues la presencia de la infanta doña María Luisa Fernanda en el trono de sus mayores, hubiera prestado a la nueva monarquía el carácter histórico y hereditario que le era indispensable.

Pero ¿y el príncipe Alfonso? ¿Por qué no se pensó entonces en él?

Esto se me preguntará sin duda alguna. Y yo respondo: que en 1868, cuando la Unión Liberal y el duque de Montpensier acababan de abrir un abismo entre ellos y doña Isabel II; cuando la reina emigraba a Francia llevándose a su tierno hijo, de edad de 11 años; cuando nadie ni nada podía servir de garantía liberal al Príncipe de Asturias, hubiera sido la mayor de las insensateces pensar en llamarlo al trono. Ni la reina se lo hubiera entregado a los revolucionarios de Cádiz, en medio de la irritación y la angustia del destronamiento, ni los unionistas creíanse entonces precisados a pasar por una minoridad y una regencia. ¡Era tan breve, era tan fácil, era tan popular aquellos días la solución de colocar en el trono a los duques de Montpensier! En cambio, un niño de 11 años, sin afecciones algunas en el campo liberal, ¡era tan peligroso! ¡Estaban en aquel tiempo lodos los moderados tan lejos de los unionistas! ¡Había tal íncomunicación y tal impenitencia en todos los espíritus!... Nada: era una locura, pensar en el príncipe  Alfonso en setiembre de 1868; y la prueba es que entonces no se le ocurrió a nadie. ¡Y apenas si fue difícil y laboriosa mucho tiempo después la abdicación de doña Isabel II!...

Con que prosigamos.

Frustrose la candidatura del duque de Montpensier. ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Cómo? Semejante historia no es de este lugar. Ello es que frustró; que se hizo imposible; y, en aquel momento, por la primera vez en 18 años, dividiose profundamente la Unión Liberal.

Unos unionistas, tan luego como vieron, y se vio pronto, que la candidatura del duque de Montpensier, aceptable en 1868 para todos los conservadores de España, se malograba seguramente, proclamaron la del príncipe Alfonso, si bien dentro de sus blancas tiendas, o sea de sus papeletas blancas.

Otros, en su afán patriótico de poner pronto término a la interinidad, ya que no era posible con un rey español, con cualquier rey, desoyeron las advertencias de los que les decíamos que un rey extranjero, y sobro todo un rey traído por el general Prim, no resolvería nunca la dificultad monárquica en España, y, prestando mayor fe a su buen deseo y a su impaciencia, votaron con los radicales en favor del duque de Aosta.

Otros, en fin, acompañamos hasta la tumba !a candidatura del duque de Montpensier, y luego nos encerramos en nuestras negras tiendas, o sea en los célebres crespones de duelo de que habló un día LA POLÍTICA.

 ¿Qué ha sucedido después? ¿Qué sucede hoy?

Ha sucedido y sucede lo que muchos habíamos  previsto. El rey, desconocido y desconocedor del país, el rey extranjero, el hijo de Víctor Manuel no arraiga en España. El desvío con que lo mira, es decir, con que no lo mira todo lo que en España es elevado, es histórico, es tradicional, es sagrado, se acentúa cada día más. Nobleza, clero, clases conservadoras y ciertos institutos viven divorciados de la nueva legalidad. Léanse, si no, todos los periódicos que no son radicales. Yo no lo digo: lo dicen ellos. La cuestión constituyente está en pie, como en 1868, como en 1870: la prensa y el Parlamento la discuten todos los días. ¡Verdad es que la Constitución, al declarar que es reformable lodo lo constituido, legaliza esa discusión! Un profundo malestar, el malestar de las interinidades, aqueja, pues, a la nación. Los republicanos creen tener ya segura la victoria. Los carlistas no pierden su fe en medio de los mayores reveses, al ver los reveses diarios que sufren (sic) también la dinastía reinante.

Los mismos radicales no disimulan este razonamiento, hijo de su reciente rebeldía y del compromiso de Tablada: «Nosotros gobernamos; luego el rey reina...» ¡Lo cual hace pensar en lo que dirán los radicales cuando el rey los declare en crisis!

De resultas de todo esto, nos hallamos en vísperas de grandes acontecimientos, para los cuales se unen y se preparan todos los partidos... ¿Han de ser los unionistas los únicos que permanezcan divididos, apáticos, indiferentes, desapercibidos para el día del conflicto de la patria? ¿Hemos do seguir, los unos al lado del príncipe Alfonso, los otros devorando ingratitudes y llorando desengaños, y nosotros, los montpensieristas, en áspero y estéril retraimiento, saboreando la triste satisfacción de Casandra?

No. La patria exige que nos unamos y nos concertemos, y la Providencia nos ofrece términos hábiles de resolver el problema en el propio sentido de nuestras antiguas aspiraciones. El tiempo y los sucesos no han corrido en balde, doña Isabel II reconoció su error de haber renegado de la libertad constitucional, y en prueba de ello, abdicó  solemnemente la corona en su hijo D. Alfonso. Los duques de Montpensier, reconciliados con la que fue reina de España, muestran confianza en que D. Alfonso de Borbón, cuya causa ha sido puesta en sus manos, realizará en el trono español la política liberal que ellos aconsejaron inútilmente a doña Isabel. El partido moderado, aleccionado por una experiencia dolorosísima, no abunda en su antiguo espíritu retrógrado y reconoce la supremacía del mismo duque de Montpensier, al par que tiende una mano fraternal a los unionistas, curados también de muchas ilusiones políticas y personales. Se columbra, pues, la posibilidad de establecer en España una situación de orden y de libertad que congregue alrededor del trono de D. Alfonso XlI muchas clases y muchos intereses que no han transigido ni un solo instante con la revolución de 1868, al mismo tiempo que a todos los hombres del 18 de septiembre, ya que no a todos los del 29...

Y como esto sería realizar, al cabo de cuatro años, aunque en distinta forma, el pensamiento generador de la revolución, de colocar en el trono un vástago de la dinastía española, bajo los auspicios de la alta inteligencia y del profundo liberalismo del duque de Montpensier; y como además, por difícil y arriesgada que sea esta solución, no hay ya donde elegir, pues no se concibe otra que pueda conciliar en España religión, monarquía, aristocracia, ejército, clases conservadoras y verdadero pueblo verdaderamente liberal, yo creo en mi conciencia que es llegado el caso de que todos los unionistas que piensen seguir en la vida pública hagan votos por que ocupe pronto el trono de España D. Alfonso XII de Borbón.

 PEDRO ANTONIO DE ALARCON. LaPolítica

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