jueves, 13 de octubre de 2016

Recuerdos de José Requena Espinar


José Requena Espinar
José Requena Espinar publicó en El Accitano, periódico que dirigía, unos recuerdos de su juventud recogidos en once capítulos entre el 4 de julio de 1894 y el 1 de septiembre de 1895 baja el título Danza de la muerte. Son recuerdos desatados por la muerte de su amigo Mariano Vázquez, a quien conoció cincuenta años antes y a quien dedica este entrañable texto. Luego serían parcialmente reproducidos en La Alhambra con el título Recuerdos de antaño. En estos artículos revive detalladamente y con gran frescura el ambiente escolar y juvenil de Granada y un poco de Guadix; conflictos sociales, profesores, amigos, el ambiente de academias, tertulias, cafés, teatros, plazas y calles a mediados del siglo XIX en los momentos previos a la eclosión de La cuerda granadina. El texto es un documento impagable, aunque deslavazado, de detalles curiosos de aquellos años.


 1.      Granada sitiada

José Requena Espinar comienza sus recuerdos infantiles en las jornadas del 18 de
Juan Van Halen
julio de 1843, cuando Granada fue sitiada por el general Van Halen, que tenía acuartelado su ejército de once mil hombres en Víznar. La extraña coalición de los sectores más reaccionarios de la sociedad y la Milicia Nacional derrotó al general enviado por Espartero, que igualmente fue derrotado en Sevilla. Ambos generales se exiliaron en Londres.

Entonces el niño José Requena estaba interno en la escuela de don Miguel Urbina (en realidad, Miguel Giménez de Urbina), en la calle Cárcel Baja (donde ahora está Granada 10), que era capitán de la Milicia Nacional. El conserje, el sr. Pérez Ibáñez organizó a los niños para que subieran baldosas de la
Calle Cárcel Baja, hoy
calle a la azotea, para arrojarlas al paso del ejército invasor. Entre los niños estaban Mosquera, Plácido Francés, Atanasio de los Ríos, Antonio Mesía, Pablo Giménez, Sarabia (que sufriria el matrimonio aciago con "la Jabonera") y otros futuros prohombres de la vida cultural y comercial de la ciudad. Junto al colegio las vecinas asomadas en los balcones se burlaban de los niños a los que arrojaban vainas de habas; eran Sofía Valera, hermana del escritor, amiga de Eugenia de Montijo y futura duquesa Malakof y Felicia de Hermosilla y Meléndez.

Mientras tanto el general Espartero fue derrotado en Sevilla y ordenó el levantamiento del cerco de Granada. Esa misma noche, como si nada hubiera pasado,  se estrenó la comedia de Manuel Bretón de Los Herreros, Un novio a pedir de boca, en el Liceo Artístico y Literario ante una brillante y escogida concurrencia. Los aficionados de la Sección de declamación son los encargados de represen­tar la pieza, a beneficio de la señorita Corinna di Franco. En los entreactos y al final de la comedia, esta señorita canta, acompañada de los señores individuos de la orquesta, las cavatinas del Tem­plario y de la Betly y la canción La Manola. En el primer intermedio interviene la joven poetisa Jo­sefa Moreno Martos. Sabemos que el 26 de enero se había celebrado una función con un programa parecido, según refiere La Iberia.

 Los generales vencidos embarcaron a Inglaterra y fueron desposeídos de sus honores. Los resistentes vieron traicionados sus ideales, pues el gobierno de Serrano disolvió la Milicia Nacional y abolió la Constitución.

El bondadoso hermano del director, Francisco Urbina, compartía mesa con los estudiantes. Y a los estudiantes externos, como los hermanos Corredor (banqueros), Fernando del Pulgar, Cordón, Porpeta, Peña (militar) o Linares (librero). Los niños jugaban en el patio a la guerra de los insurrectos contra los gubernamentales cuando a las doce salía don Miguel a dar sus clases particulares y los dejaba bajo la vigilancia del pobre señor Ibáñez. Este y la salida los domingos al patio de los algibes de la Alhambra era su entretenimiento.

2.      El día de san Miguel

Recuerda Requena Espinar especialmente la celebración del día de San Miguel. Eduardita, era la hija del maestro y esposa del catedrático de Física del instituto, José Barroeta, y preparaba la celebración del día del padre. Se preocupaba de mitigar los castigos que infligían a los niños.

La casa se adornaba para es edía de macetas de boj, arbustos y flores y farolillos de aceite (todavía no se conocía en Granada ni el gas ni el petróleo) que ayudaron a colocar los niños.

Por fin llegaron invitados de los que recuerda a las hermanas Escobar, que vivían en la calle Elvira; el joven Enrique Palacios, la familia Auriol, cuyo hijo Miguel sería poeta, y que vivían enfrente del Colegio de Niñas Nobles; las familias del general
General José O'Lawlor
O’Lawlor y del marqués de Salar; el consejero  provincial, Salvador  Rodríguez y su hija Elisa, cuya muerte prematura sería sentidamente llorada por José Salvador y otros profesores: don Bernabé Ruiz de Henares (música), Manuel Noguera (dibujo), Gregorio Aragón (latín), etc. También asistieron familias nobles, los Entrala, los Povedano, los Uceda y los Zárate, pendencieros (“encerraban en sus cuerpos diez y seis mil demonios”), que les recordaban a otros violentos de Guadix, los Roselli. Mención especial merecen otros dos accitanos: Antonio Casas y Moral, escritor y registrador de Granada que se enamoró de una joven a la que vio leyendo bajo un sauce junto a la iglesia de El Fargue y con la que se casó; y el tío del escritor, Bernardo Requena y González, de quien recuerda que lo llevó a ver una corrida de toros en el Triunfo, espectáculo que aborreció para siempre. Menciona también a José de Castro y González, autor de un cuento, El Vejiguero, que le costó la prisión (la memoria traiciona al autor, que sin duda confunde el nombre con José Giménez Serrano).

Mariano Vázquez, alias Puertas
A continuación, Eduardita condujo a Mariano Vázquez al piano. Sentado en la banqueta, sin que los pies alcanzaran al suelo, interpretó la obertura de Norma, muy aplaudida y por la que mereció los besos de todas las bellas damas, para envidia del joven
Ramón Entrala
accitano. Luego otro niño, Entrala (se refiere a Ramón Entrala Perales, que sería muy activo compositor), que vivía en el Albaicín, atacó un vals (“walls”, escribe) y una polka. Era invitado con frecuencia a la tertulia de El Pellejo, que se reunía en la casa del homeópata Flórez, en la cuesta de Santa Inés y donde actuaba en los descanos de las comedias que allí se representaban. Luego, según cree recordar Requena, Mariano Vázquez interpretó el terceto final de Hernani, de Verdi. Esta ópera se estrenó el 9 de marzo de 1844.

A la una terminó la celebración del día de San Miguel.

Mariano Vázquez destacó en el Liceo de Santo Domingo, con el grupo de la Cuerda Granadina, donde tuvo tanto protagonismo Pedro Antonio de Alarcón. Luego alcanzó gran prestigio en Madrid como compositor, pianista y director (estrenó en España la Novena sinfonía de Beethoven).

3.      Recuerdos de la universidad

La presencia de Requena Espinar en el colegio de la calle Cárcel Baja (que llaman la Mesa Redonda) se extendió hasta sus estudios universitarios, cuando le fue concedida la autorización para permanecer allí, a petición de su padre. Rememora la asistencia con su amigo de Santa Fe, Segismundo Rosales, al estreno de Don Juan Tenorio en el Teatro Principal. Eran protagonistas José Calvo (don Juan), Rita Revilla (doña Inés) y Manuel Fernando (Ciutti) y Requena recuerda haber visto  en la primera fila a José de Castro y Orozco, Giménez Serrano, José Salvador y Salvador (“el caballero por excelencia”), Fernández Guerra, Nicolás de Rada y Henares, Dolores Arráez y Josefa Moreno Nartos (que vivía en la casa que luego fue café Alameda).
Teatro Cervantes, llamado Principal en 1843
El  sr. García fue sustituido por un pasante joven y con aficiones literarias, el alpujarreño Ugíjar, Hipólito Megía, a la vez que entraba en el colegio Francisco Cobos, condiscípulo al que Requena admira desde el primer momento. Comparten el gusto por la literatura francesa y debaten sobre la legitimidad de la monarquía, la democracia e incluso el socialismo. También intenta emular a Mariano Vázquez, con quien comparte interminables horas de ensayos al piano.

En 1846 abandonó el internado y se hospedó en la casa de unos amigos de sus padres, Francisco Miranda y Rosa Palancar, en la calle Cervantes (junto a San Matías y Sarabia). De su paso por la universidad recuerda a los profesores  Ramón Ponce de León, Juan de Dios de la Rada y Henares, Diego Llorente, Juan Nepomuceno Ceres, Julián Herrera, inefable canónigo que solía pasear con sus alumnos y que amenazaba a las beatas que perdían el tiempo en la iglesia, en lugar de atender sus casas, con las penas del infierno y las expulsaba de la iglesia con un látigo de postillón de diligencias, Fernando González, Agustín Martín Montijano,  el severo Juan Hurtado y Leyva, etc. Recuerda que pasaba los veranos en Lacalahorra en compañía de Leopoldo Eguilaz.

En Granada frecuentaba con Mariano Vázquez el café Comercio y las tertulias de El Pellejo y de El Recreo, en la calle Lecheros, desaparecida al trazarse la Gran Vía. En la primera se aburría con los juegos de cartas y se entretenía con las intervenciones musicales de Ramón Entrala, las dos hermanas Romani, Custodio Albox y Lozano. En El Recreo también predominaba la música, pero se aburrían con las obligadas  audiciones de los niños y niñas alumnos de don Baltasar Mira.

En el Liceo de Santo Domingo acudía a veces a las sesiones de Jurisprudencia o
Medicina, pero no faltaba a las sesiones de literatura de los domingos. Recuerda la 
Las escritoras Eduarda Moreno y Enriqueta Lozano
sesión del 9 de mayo de 1849 en la que intervino su admirada poetisa Rogelia León, una mujer pequeña, que vestía ropa de hombre y murió joven. Eduarda Moreno, que también imitaba a George Sand, era franca y campechana. Pero a quien más admiró en el Liceo fue a Enriqueta Lozano.


Manuel del Palacio
Francisco Javier Cobos


José Salvador
Manuel Fernández y González

Mariano Vázquez se burlaba de Manuel del Palacio, que gustaba de adornarse de sortijas, colgantes y cadenas con que se adornaba, y de la miseria que entonces sufría Manuel Fernández González, que entonces vivía de la caridad de sus amigos y luego sería generosamente favorecido por Isabel II. El líder de todos y el más generoso, era José Salvador de Salvador, que acabó sus días arruinado. Otros amigos eran Pedro A. de Alarcón, Eduardo Padial Martos, Daza, Trinidad Rojas, Francisco  Cobos, Moreno Nieto y Orti Lara.

Palacio de Riquelme
Después de asistir al Liceo, pasaban la tarde jugando al billar en el café Comercio (en la plaza de la Mariana) y por la noche, a las once, acudían acompañando a los hijos de Carmen Arráez, Trinidad y Mauricio, que vivían en plaza Campillo, a la tertulia de las señoras de Riquelme, con lo que quizás se refiera a la familia de don José Riquelme, doña Bárbara Izeraga y su hija Sofía (calle las Tablas). En la tertulia cantaron, tocaron el piano y bailaron.
A las dos de la mañana terminó el sarao y se dirigieron a la sede de El Recreo, en la desaparecida calle de Lecheros, que estaba muy animada por la presencia de la bellísima Pilar Atienza,  a la que los muchos asistentes se habían rendido poniendo sus abrigos en el suelo, a sus pies y que estaba comprometida con Rafael Contreras, el gran conservador y restaurador de la Alhambra, y entonces ausente de Granada.

4.      Navidad trágica en Guadix
En la navidad de 1846 fue a Guadix, con otros estudiantes de los colegios del Sacromonte y Bartalomé y Santiago, en el galerón de Gregorio Martínez, el Tocino, que hacía el viaje en veinticuatro horas, de once a once de la noche, en un coche tirado por seis mulas sin relevo, sin más descanso que una hora para comer en el Molinillo y por un camino sin puentes sobre el Fardes. 

El día 28 los amigos estudiantes se reunieron en casa de Ángel Sánchez Freila y organizaron
una tuna para dar serenatas  el día 30. Fueron a las casas de Dávalos, Martos, Soler y Alarcón, según se reproduce en El Accitano
En la casa de Alarcón, en la plaza de los Álamos, ocurrió un dramático incidente, al mezclarse con ellos otros jóvenes con modos soeces, que provocaron una pelea con armas de fuego, que desencadenó con la muerte accidental del joven Manuel Sañudo y, posteriormente, de su novia Benita Toucedo. José Soler de la Fuente era granadino, pero entonces residía en Guadix, en la calle Ancha, donde escribió su obra Tradiciones granadinas.
  Este desgraciado suceso le sume en un profunda depresión que le retiene dos años en Guadix y de la que se salva con la compañía de un grupo de amigos con los que forma una tertulia al amor de la lumbre en la que recuerda a Torcuato Tarrago y Mateos, Pepe Ramírez de Aguilera, Gumersindo Garcia Varela, Bernardo Requena y Gonzalo, Pedro A. de Alarcon,  José Rivas Pérez. De Granada vienen  frecuentemente Mariano Vázquez y José Soler de la Fuente. En el Pósito del ayuntamiento estrenan  tres obras, a imitación confesada del Guzmán el Bueno de Gil y Zárate, con las que consiguen el aplauso y la admiración de sus paisanos.

En 1848 celebraron por las calles la revolución de París, lo que les valió la reprimenda del alcalde que los protegía, Don Ramón Asenjo. Al año siguiente vuelve a Granada a reanudar sus estudios de Derecho y recuperar su participación en las tertulias de Granada, a la que se incorporará, como un relámpago, su amigo Pedro Antonio de Alarcón en 1854.




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